Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes —Tal vez haya cometido un error —apuntó él, tomando una brasa con las pinzas y encendiendo con ellas la larga pipa de cerezo que sustituÃa a la de arcilla cuando se sentÃa más dado a la polémica que a la reflexión—. Quizá se haya equivocado al intentar añadir color y vida a sus descripciones, en lugar de limitarse a exponer los sesudos razonamientos de causa a efecto, que son en realidad lo único verdaderamente digno de mención del asunto.
—Me parece que en ese aspecto le he hecho a usted justicia —comenté, algo frÃamente, porque me repugnaba la egolatrÃa que, como habÃa observado más de una vez, constituÃa un importante factor en el singular carácter de mi amigo.
—No, no es cuestión de vanidad o egoÃsmo —dijo él, respondiendo, como tenÃa por costumbre, a mis pensamientos más que a mis palabras—. Si reclamo plena justicia para mi arte, es porque se trata de algo impersonal… algo que está más allá de mà mismo. El delito es algo corriente. La lógica es una rareza. Por tanto, hay que poner el acento en la lógica y no en el delito. Usted ha degradado lo que debÃa haber sido un curso académico, reduciéndolo a una serie de cuentos.