Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes »Pues bien, cuando me pasé por allà la semana pasada me hicieron entrar en el despacho como de costumbre, pero vi que la señorita Stoper no estaba sola. Junto a ella se sentaba un hombre prodigiosamente gordo, de rostro muy sonriente y con una enorme papada que le caÃa en pliegues sobre el cuello; llevaba un par de gafas sobre la nariz y miraba con mucho interés a las mujeres que iban entrando. Al llegar yo, dio un salto en su asiento y se volvió rápidamente hacia la señorita Stoper.
»—¡Ésta servirá! —dijo—. No podrÃa pedirse nada mejor. ¡Estupenda! ¡Estupenda!
»—ParecÃa entusiasmado y se frotaba las manos de la manera más alegre. Se trataba de un hombre de aspecto tan satisfecho que daba gusto mirarlo.
»—¿Busca usted trabajo, señorita? —preguntó.
»—SÃ, señor.
»—¿Como institutriz?
»—SÃ, señor.
»—¿Y qué salario pide usted?
»—En mi último empleo, en casa del coronel Spence Munro, cobraba cuatro libras al mes.