Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes »Esto despertó mi curiosidad, asà que cuando salà a dar un paseo con el niño, me acerqué a un sitio desde el que podÃa ver las ventanas de este sector de la casa. Eran cuatro en hilera, tres de ellas simplemente sucias y la cuarta cerrada con postigos. Evidentemente, allà no vivÃa nadie. Mientras paseaba de un lado a otro, dirigiendo miradas ocasionales a las ventanas, el señor Rucastle vino hacia mÃ, tan alegre y jovial como de costumbre.
»—¡Ah! —dijo—. No me considere un maleducado por haber pasado junto a usted sin saludarla, querida señorita. Estaba preocupado por asuntos de negocios.
»—Le aseguro que no me ha ofendido —respond×. Por cierto, parece que tiene usted ahà una serie completa de habitaciones, y una de ellas cerrada a cal y canto.
»—Uno de mis hobbies es la fotografÃa —dijo—, y allà tengo instalado mi cuarto oscuro. ¡Vaya, vaya! ¡Qué jovencita tan observadora nos ha caÃdo en suerte! ¿Quién lo habrÃa creÃdo? ¿Quién lo habrÃa creÃdo?
»Hablaba en tono de broma, pero sus ojos no bromeaban al mirarme. Leà en ellos sospecha y disgusto, pero nada de bromas.