El Agente secreto
El Agente secreto La mayorÃa de las treinta o más mesitas cubiertas de manteles rojos con un dibujo blanco estaban alineadas en ángulo recto junto al revestimiento de color marrón oscuro de la sala subterránea. Del techo bajo, ligeramente arqueado, colgaban arañas de bronce provistas de muchos globos, y unas pinturas al fresco chatas, desabridas, se proyectaban a lo largo de los muros sin ventanas, representando escenas de cacerÃa o de jolgorio al aire libre en trajes medievales. Pajes con chalecos verdes blandÃan cuchillos de caza y alzaban altas jarras de cerveza espumeante.
—A no ser que esté muy equivocado, es usted la persona que deberÃa conocer este maldito asunto por dentro —dijo el robusto Ossipon, inclinándose hacia adelante, con los codos extendidos sobre la mesa y los pies completamente incrustados debajo de la silla. Sus ojos miraban con feroz ansiedad.
Un piano alto de media cola situado cerca de la puerta, enmarcado por dos palmeras en sus respectivos tiestos, acometió de pronto, por sà solo y con agresivo virtuosismo, una melodÃa de vals. El estrépito que producÃa era ensordecedor. Cuando cesó, tan abruptamente como habÃa comenzado, el hombrecillo sucio, de gafas, sentado frente a Ossipon detrás de una pesada jarra de vidrio repleta de cerveza, emitió calmadamente lo que tenÃa toda la apariencia de una proposición general.