El Agente secreto

El Agente secreto

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—En principio, lo que uno de nosotros conozca o no conozca acerca de un hecho determinado no puede ser objeto de investigación para los demás.

—Ciertamente que no —convino el camarada Ossipon en un tono pausado—. En principio.

Continuó mirando fijamente, con su gran cara roja reclinada en las manos, mientras el hombrecillo desaseado y de gafas tomaba calmadamente un trago de cerveza y volvía a dejar en la mesa la jarra de vidrio. Sus orejas anchas y planas se apartaban notoriamente del cráneo, que parecía tan frágil como para que Ossipon pudiera aplastarlo entre el pulgar y el índice; la cúpula de la frente parecía descansar en el marco de los anteojos; en las mejillas aplastadas, de cutis grasiento y malsano, sólo se veía la mancha de unas miserables y delgadas patillas oscuras. La suprema arrogancia que exhibía el personaje hacía que la inferioridad lamentable de todo su físico resultara todavía más ridícula. Su discurso era lacónico, y tenía una manera especialmente impresionante de guardar silencio.

Ossipon habló de nuevo por entre sus manos en un murmullo.

—¿Ha estado mucho en la calle, hoy día?

—No. Me quedé en cama toda la mañana —contestó el otro—. ¿Por qué?


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