El Agente secreto
El Agente secreto —¡Oh! ¡Nada! —dijo Ossipon, mirando con intensidad y estremeciéndose interiormente por el deseo de descubrir algo, pero obviamente intimidado por el aire de abrumadora despreocupación del hombrecillo. Cuando conversaba con este camarada —cosa que sucedÃa raras veces—, el corpulento Ossipon sufrÃa de una sensación moral e incluso fÃsica de insignificancia. Sin embargo, aventuró otra pregunta—. ¿Usted se vino a pie hasta aquÃ?
—No; ómnibus —respondió el hombrecillo, con prontitud. VivÃa lejos, en Islington, en una casa pequeña al fondo de una calle ruinosa, cubierta de paja y de papeles manchados, donde una pandilla heterogénea de niños, fuera de horas de colegio, corrÃa y se disputaba con un clamor estridente, sin alegrÃa, de tono pendenciero. Alquilaba una sola habitación interior, con muebles, notable porque poseÃa un aparador extremadamente ancho, a dos solteronas mayores, modistas en escala modesta para una clientela formada principalmente por muchachas de servicio. Cerraba el aparador con un candado enorme, pero era, aparte de eso, un arrendatario modelo, que no causaba molestias, y que casi no requerÃa ningún cuidado. Su única rareza era la de insistir en estar presente cuando se barrÃa su habitación, y que al salir cerrara la puerta y se llevara la llave consigo.