El Agente secreto
El Agente secreto Ossipon tuvo la visión de estos anteojos redondos y de marco negro que avanzaban a lo largo de las calles en la parte alta de un ómnibus y cuyo brillo, lleno de tranquila seguridad, se posaba sobre los muros de las casas, aquí y allá, o se inclinaba sobre las cabezas de la inconsciente multitud que fluía por los pavimentos. La sombra de una sonrisa malsana alteró la línea de los gruesos labios de Ossipon ante la idea de los muros que asentían, de la gente que corría en busca de refugio ante la aparición de esos cristales. ¡Si sólo hubieran sabido! ¡Qué pánico! Murmuró en forma interrogativa:
—¿Ha estado mucho rato sentado aquí?
—Una hora o más —respondió el otro, con negligencia, y bebió un sorbo de la cerveza negra. Era tal la firmeza, la segura precisión de todos sus movimientos, la forma como cogía la jarra, el acto de beber, la forma como devolvía el pesado recipiente a su sitio y se cruzaba de brazos, que el gigantón musculoso de Ossipon, inclinado hacia el frente con ojos fijos y protuberantes labios, parecía el retrato de la angustiada indecisión.
—Una hora —dijo—. Puede entonces que no haya escuchado las noticias que yo acabo de escuchar ahora, en la calle. ¿Las ha escuchado?