El Agente secreto

El Agente secreto

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El hombrecillo dio una mínima sacudida de negación con la cabeza. Pero como no indicó la menor curiosidad, Ossipon se atrevió a añadir que acababa de escucharlo afuera. Un niño que vendía periódicos había aullado la noticia justo debajo de sus narices, y como no estaba preparado para nada por ese estilo, estaba muy alterado y sorprendido. Había entrado a ese lugar con la boca reseca. «Nunca pensé encontrarlo aquí», añadió, musitando con firmeza, con los codos plantados encima de la mesa.

—Vengo aquí a veces —dijo el otro, conservando la provocativa frialdad de sus maneras.

—Es extraordinario que usted, precisamente, no haya escuchado nada —continuó el corpulento Ossipon. Sus párpados cayeron con nerviosismo sobre los ojos brillantes—. Precisamente usted —repitió, con intención indagatoria. Esta evidente reserva demostraba una timidez increíble e inexplicable del sujeto grande frente al tranquilo hombrecillo, que de nuevo alzó la jarra de vidrio, bebió y la depositó con movimientos bruscos y seguros. Y eso fue todo.

Después de esperar algo, palabra o signo, que no llegó, Ossipon se esforzó por asumir una especie de indiferencia.

Apagando la voz todavía más, dijo:

—¿Le entrega usted su mercadería al primero que se la pide?


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