El Agente secreto
El Agente secreto —Mi regla absoluta es la de nunca negársela a nadie, siempre que pueda conservar una dosis conmigo —contestó con decisión el hombrecillo.
—¿Eso es un principio? —comentó Ossipon.
—Es un principio.
—¿Y usted cree que es sensato?
Las amplias gafas redondas, que daban un aspecto de confiada fijeza al rostro pálido, se enfrentaban a Ossipon como esferas insomnes, abiertas, que disparaban un fuego frío.
—Sin duda. Siempre. Bajo cualquier circunstancia. ¿Qué me lo podría impedir? ¿Por qué no? ¿Qué razón tengo para pensármelo dos veces?
Ossipon quedó boquiabierto en forma, por así decirlo, disimulada.
—¿Pretende insinuar que se los entregaría a un agente de seguridad en caso de que llegara alguno a pedirle sus productos?
El otro sonrió débilmente.
—Deje que vengan a intentarlo, y usted verá —dijo—. Ellos me conocen, pero yo también conozco a cada uno de ellos. No se acercarán a mí; ellos no.
Sus labios delgados y lívidos se juntaron con un chasquido. Ossipon comenzó a discutir.