El Agente secreto
El Agente secreto —Pero ellos podrÃan mandarle a alguien, tenderle una celada. ¿Se da cuenta? Sacarle la mercaderÃa en esa forma, y después arrestarlo con la prueba en sus manos.
—¿Prueba de qué? Comercio de explosivos sin licencia, quizá. —Esto estaba dicho en son de desdeñosa burla, pese a que la expresión del rostro delgado, enfermizo, permaneció inalterable, y a que la voz careció de énfasis—. No creo que haya uno solo de ellos que esté impaciente por practicar este arresto. No creo que pudieran conseguir a uno para solicitar la orden. Uno de los mejores, quiero decir. No lo conseguirÃan.
—¿Por qué? —preguntó Ossipon.
—Porque saben muy bien que me preocupo de no separarme jamás del último puñado de mi mercaderÃa. Siempre lo tengo junto a mÃ. —Palpó suavemente la pechera de su abrigo—. En un grueso frasco de vidrio —añadió.
—Eso me han dicho —dijo Ossipon, con un matiz de asombro en su voz—. Pero no sabÃa si…
—Ellos saben —interrumpió el hombrecillo, tajante, reclinándose contra el recto respaldo de la silla, que se levantaba por encima de su frágil cabeza—. Nunca seré arrestado. La empresa no vale la pena para ninguno de esos policÃas. Tratar con un hombre como yo requiere un heroÃsmo simple, desnudo, sin gloria.