El Agente secreto

El Agente secreto

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El piano situado al pie de las escaleras retumbó a través de una mazurca con descarado ímpetu, como si un fantasma vulgar e impúdico estuviera haciendo alardes. Las teclas se hundían y se levantaban misteriosamente. Después todo quedó en calma. Ossipon imaginó por un momento que el lugar bien iluminado se transformaba en un terrible agujero negro, en un agujero que vomitaba horrendas humaredas taponadas de desperdicios espectrales de ladrillos rotos y cadáveres mutilados. Su percepción de ruina y de muerte fue tan nítida, que volvió a estremecerse. El otro observó, con un aire de tranquila suficiencia:

—En última instancia, la seguridad propia sólo reside en el carácter. Existe muy poca gente en el mundo con un carácter tan bien afianzado como el mío.

—¿Cómo pudo alcanzar eso? —gruñó Ossipon.

—Fuerza de personalidad —dijo el otro, sin levantar su voz; y por salir de la boca de un organismo tan evidentemente miserable, la afirmación hizo que el robusto Ossipon se mordiera el labio inferior—. Fuerza de personalidad —repitió, con ostentosa calma—. Tengo los medios de hacerme mortífero, pero eso, comprende usted, por sí mismo, no es absolutamente nada en materia de protección. Lo que es efectivo es la creencia de esa gente en mi decisión de utilizar esos medios. Ésa es su impresión. Es absoluta y definitiva. Por eso soy mortífero.


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