El Agente secreto
El Agente secreto —Ustedes los revolucionarios —continuó el otro, con pausada confianza— son esclavos de la convención social, la que a su vez los teme; tan esclavos de ella como la policÃa encargada de la defensa de dicha convención. Lo son claramente, puesto que desean revolucionarla. Gobierna, por supuesto, el pensamiento de ustedes, y también la acción, y por esto ni su pensamiento ni su acción pueden ser concluyentes nunca. —Hizo una pausa, tranquilo, con su aire de cerrado, interminable silencio, y después siguió casi de inmediato—: Ustedes no son en absoluto mejores que las fuerzas organizadas en contra suya, que la policÃa, por ejemplo. El otro dÃa me encontré por casualidad con el inspector jefe Heat en la esquina de Tottenham Court Road. Él me miró con gran intensidad. Pero yo no lo miré. ¿Por qué motivo iba a dirigirle más de una mirada? Él estaba pensando en muchas cosas, en sus superiores jerárquicos, en su fama, en los tribunales legales, en su sueldo, en los periódicos, en un centenar de cosas. Pero yo sólo pensaba en mi detonador perfecto. Él no significaba nada para mÃ. Él era tan insignificante como, no me viene a la mente nada tan insignificante como para compararlo con él, quizá con la excepción de Karl Yundt. Uno para el otro. El terrorista y el policÃa vienen del mismo saco. Revolución, legalidad (movimientos contrarios en un mismo juego; formas de ocio en el fondo idénticas). Él juega a su pequeño juego; y lo mismo hacen ustedes los propagandistas. Pero yo no juego; trabajo catorce horas diarias, y a veces paso hambre. De vez en cuando mis experimentos cuestan dinero, y entonces tengo que pasar un dÃa o dos sin comer. Usted observa mi cerveza. SÃ. Ya he tomado dos vasos, y ahora beberé otro. Ésta es una pequeña fiesta, y la celebro en privado. ¿Por qué no? Tengo el coraje de trabajar solo, muy solo, absolutamente solo. He trabajado solo durante años.