El Agente secreto
El Agente secreto No podía existir la más mínima duda con respecto a la cualidad reveladora. Era como caminar por un bosque y salir a una planicie, no había mucho que ver, pero uno tenía luz abundante. No, no había mucho que ver, y francamente, durante bastante tiempo, ni siquiera hice el intento de vislumbrar algo. Lo único que permanecía era la impresión reveladora. Seguía siendo satisfactoria, pero de un modo pasivo. Y entonces, como una semana más tarde, cayó en mis manos un libro que nunca, que yo sepa, llegó a destacarse, las memorias más bien sumarias de un subcomisario de policía, un hombre obviamente competente, con una fuerte vena religiosa en su carácter, que fue designado en su cargo en la época de los atentados dinamiteros de Londres, allá por los años ochenta. El libro era bastante interesante, por supuesto muy discreto, y a estas alturas he olvidado el grueso de su contenido. No contenía revelaciones, se deslizaba sobre la superficie en forma agradable, y eso era todo. Ni siquiera trataré de explicar por qué tuve que detenerme frente a un pequeño pasaje de no más de siete líneas, en las cuales el autor (creo que su nombre era Anderson) reproducía un breve diálogo sostenido en el vestíbulo de la Cámara de los Comunes, después de alguna atrocidad anarquista inesperada, con el ministro de la Gobernación. Creo que entonces era sir William Harcourt. El ministro estaba muy irritado y el funcionario se deshacía en disculpas. Entre las tres frases que se intercambiaron, la que más me sorprendió fue la salida iracunda de sir W. Harcourt: «Todo eso está muy bien. Pero su idea del secreto en esos asuntos parece consistir en mantener al ministro de la Gobernación en la oscuridad». Una frase muy propia del temperamento de sir W. Harcourt, pero que no significaba mucho en sí misma. Debe de haber existido, no obstante, una suerte de atmósfera que envolvía todo el incidente, porque me sentí estimulado en forma súbita. Y entonces ocurrió en mi mente lo que un estudiante de química podría comprender mejor a través de la analogía de una pequeñísima gota de un líquido apropiado, gota que se añade a la solución incolora guardada en un tubo de ensayo y precipita de inmediato el proceso de cristalización.