El Agente secreto
El Agente secreto Sus títulos para esta designación consistían en haber sido alguna vez ayudante del laboratorio de química en algún instituto técnico. Se había malquistado con las autoridades por algún asunto de trato incorrecto. Después obtuvo un puesto en el laboratorio de una fábrica de tinturas. También ahí había sido tratado con indignante injusticia. Sus luchas, sus privaciones, su duro trabajo para elevarse en la escala social, lo habían llenado de una convicción tan exaltada de sus propios méritos, que era extremadamente difícil que el mundo lo tratara con justicia, sobre todo porque la pauta de esa noción dependía tanto de la paciencia del individuo. El Profesor tenía genio, pero carecía de la gran virtud social de la resignación.
—Intelectualmente, una nulidad —pronunció Ossipon en voz alta, abandonando de pronto la contemplación interior de la acongojada viuda y de su negocio—. Una personalidad muy ordinaria. Usted hace mal en no mantener más contacto con los camaradas, Profesor —agregó en un tono de reprobación—. ¿Le dijo algo a usted, le dio alguna idea acerca de sus intenciones? Hacía un mes que no lo veía. Parece imposible que nos haya dejado.