El Agente secreto
El Agente secreto Permaneció con los labios apretados. La idea de dirigirse a la tienda en busca de noticias no le atraía. Sospechaba que la tienda de Verloc ya podía haberse transformado en una trampa policial. Estarán obligados a efectuar algunos arrestos, pensó, con algo que se parecía a la indignación virtuosa, porque el tono discreto de su vida revolucionaria estaba amenazado sin que mediara ninguna falta suya. Y sin embargo, si no iba hasta allá, corría el riesgo de permanecer en la ignorancia de algo que quizá sería esencial que él conociera. Reflexionó entonces que si el hombre del parque había sido tan destrozado como decían los diarios de la tarde, no podría haber sido identificado. Y si era así, la policía no podía tener ninguna razón particular para vigilar la tienda de Verloc más de cerca que cualquier otro lugar frecuentado por anarquistas notorios, ninguna razón adicional, de hecho, que para vigilar las puertas del Silenus. Habría mucha vigilancia, en todas partes, dondequiera que fuese. Con todo…
—¿Me pregunto qué debería hacer ahora? —murmuró, tomando consejo consigo mismo.
Una voz áspera dijo junto a su hombro, con tranquilo desprecio:
—No pierda de vista ni un instante, por ningún motivo, a esa mujer.