El Agente secreto
El Agente secreto Después de pronunciar estas palabras, el Profesor se alejó de la mesa. Ossipon, a quien ese destello de clarividencia había cogido desprevenido, esbozó un movimiento, y permaneció inmóvil, con una mirada indefensa, como clavado estrechamente a su silla. El piano solitario, sin contar siquiera con la ayuda de un taburete de música, golpeó valientemente unas pocas notas, y después de iniciar una selección de aires nacionales, se puso a interpretar al fin la melodía de «Campanas Azules de Escocia». Las notas penosamente aisladas se apagaron a su espalda mientras subía lentamente las escaleras, cruzaba el vestíbulo y se sumergía en la calle.
Frente a la gran puerta de entrada, una fila miserable de vendedores de diarios, al margen de la calzada, ofrecía su mercancía desde el arroyo. Era un día lóbrego, de luz cruda, de comienzos de primavera; y el cielo grisáceo, el barro de las calles, los harapos de los hombres sucios hacían excelente armonía con la erupción de las húmedas, mugrientas hojas de papel manchado con tinta de imprenta. Los carteles, inmundos, guarnecían como una tapicería la curva de la calle. El comercio de periódicos vespertinos era muy animado, y sin embargo, por comparación con la marcha constante y fluida del tráfico de peatones, producía un efecto de indiferencia, de distribución despreocupada. Ossipon miró de prisa a un lado y otro antes de confundirse con la multitud, pero el Profesor ya se había perdido de vista.