El Agente secreto
El Agente secreto Ésa era la forma de duda que él más temÃa. ¡Impermeables al miedo! A menudo, durante sus salidas, en los momentos en que también le ocurrÃa salir de sà mismo, lo asaltaba esa terrible y sana desconfianza de la humanidad. ¿Y si no hubiera nada capaz de conmoverlos? Son momentos que todos los hombres cuya ambición busca un control directo sobre la humanidad conocen, artistas, polÃticos, pensadores, reformadores o santos. Era éste un estado emocional despreciable, contra el cual los caracteres superiores se fortalecen en la soledad; y el Profesor pensó, con severa exaltación, en el refugio de su cuarto, con su aparador aherrojado, perdido en una selva de casas pobres: la ermita del perfecto anarquista. Para llegar antes al lugar donde podÃa tomar su ómnibus, salió bruscamente de la calle populosa a un callejón estrecho y oscuro pavimentado de baldosas. Las casas bajas de ladrillo, a un lado, tenÃan en sus ventanas polvorientas el aspecto moribundo, invisible, de la decadencia irremediable: cascarones vacÃos que esperaban la demolición. La vida aún no se habÃa ido por completo del otro lado. Frente al único farol de gas se abrÃa la caverna de un vendedor de muebles de segunda mano, y ahÃ, en la profunda penumbra de una especie de avenida estrecha formada por un extraño bosque de roperos, con una maraña subterránea de patas de mesas, un alto espejo de cuerpo entero brillaba como un estanque de agua en la espesura.[7] En el exterior habÃa un diván infeliz, sin domicilio, acompañado de dos sillas que no le hacÃan juego. El único ser humano que hacÃa uso del callejón aparte del Profesor, que venÃa erecto y firme desde la dirección opuesta, detuvo de pronto su paso balanceado.