El Agente secreto
El Agente secreto —No hay ninguno de ellos, señor, que no pudiéramos detener a cualquier hora del día o de la noche. Sabemos lo que hace cada uno de ellos hora a hora —había declarado. Y el alto funcionario se había dignado sonreír. Era una afirmación tan obviamente adecuada para un funcionario de la reputación del inspector jefe Heat, que resultaba perfectamente deliciosa. El alto funcionario creyó en la declaración, que rimaba con su idea de la conveniencia de las cosas. Tenía una sabiduría de carácter oficial, ya que de otro modo podría haber reflexionado sobre una cuestión que no derivaba de la teoría sino de la experiencia y según la cual, en esa densa textura de las relaciones entre el conspirador y el policía, se producen inesperadas soluciones de continuidad, súbitos agujeros en espacio y tiempo. Un anarquista dado puede ser vigilado pulgada a pulgada y minuto a minuto, pero siempre llega un momento en que de algún modo se pierde su pista durante unas pocas horas, y durante ellas ocurre algo más o menos lamentable (por lo general una explosión). Pero el alto funcionario, llevado por su sentido de la conveniencia de las cosas, había sonreído, y el recuerdo de esa sonrisa resultaba muy enojoso ahora para el inspector jefe Heat, principal experto en procedimientos anarquistas.