El Agente secreto
El Agente secreto No era en realidad más que un encuentro casual. Desde que su departamento recibió el primer telegrama de Greenwich un poco antes de las once de la mañana, el inspector jefe Heat había tenido una jornada desagradablemente ocupada. Primero que todo, ya era bastante desagradable el hecho de que el atentado se hubiera emprendido menos de una semana después de que él había asegurado a un alto funcionario que no había ningún estallido de actividad anarquista en perspectiva. Si alguna vez se había sentido seguro al sostener algo, había sido en esa oportunidad. Había hecho esa declaración con infinita satisfacción para sí mismo, porque estaba claro que el alto funcionario deseaba ardientemente escuchar precisamente eso. Él había afirmado que no se podía planear nada de esa especie sin que el departamento lo supiera dentro de las veinticuatro horas; y él había hablado así a conciencia de ser el gran experto de su departamento. Había ido tan lejos como para pronunciar palabras que una verdadera sabiduría habría callado. Pero el inspector jefe Heat no era demasiado sabio, al menos, no lo era de verdad. Una sabiduría verdadera, que en este mundo de contradicciones nunca tiene certeza de nada, le habría impedido alcanzar su actual posición. Habría alarmado a sus superiores, y dado al traste con sus posibilidades de ascenso. Sus ascensos habían sido extremadamente rápidos.