El Agente secreto
El Agente secreto El pequeño agente moral de la destrucción, con su aspecto enfermizo, se regocijaba en silencio de la posesión de prestigio personal, que le permitía mantener a raya a este hombre armado del mandato defensivo de una sociedad amenazada. Más afortunado que Calígula, que deseaba que el Senado Romano tuviese una sola cabeza para la mejor satisfacción de su cruel capricho, contemplaba en ese hombre solo al conjunto de las fuerzas que había desafiado: la fuerza de la ley, de la propiedad, de la opresión y la injusticia. Contemplaba a todos sus enemigos y los enfrentaba sin miedo en un acto de suprema satisfacción de su vanidad. Frente a él permanecían perplejos, como si se hallaran ante un portento terrible. Se deleitaba en su interior porque este encuentro casual afirmaba su superioridad sobre todo el resto de los seres humanos.