El Agente secreto
El Agente secreto Matraqueaba, y ante esa señal, el señor Verloc salía rápidamente de la salita de atrás, a través de la polvorienta puerta de vidrio situada detrás del mostrador pintado. Sus ojos eran pesados por naturaleza; tenía el aspecto de haberse revolcado todo el día, enteramente vestido, en una cama deshecha. Cualquier otro habría sentido que una apariencia así constituía una clara desventaja. El aspecto amable y atractivo del vendedor cuenta mucho en una transacción comercial del ramo minorista. Pero el señor Verloc conocía su negocio, y toda duda estética acerca de su apariencia lo tenía sin cuidado. Con una impudicia firme, de ojos tranquilos, que parecían esconder la fuerza de alguna abominable amenaza, procedía a vender por encima del mostrador algún objeto que obvia y escandalosamente no podía valer el dinero involucrado en la transacción: una pequeña caja de cartón que aparentemente no contenía nada, por ejemplo, o uno de aquellos sobres amarillos, delgados y cuidadosamente cerrados, o un volumen sucio con cubierta de papel y un título prometedor. De vez en cuando ocurría que una de las bailarinas amarillas, desteñidas, fuese vendida a un aficionado, como si hubiese estado viva y joven.