El Agente secreto
El Agente secreto —Me gustarÃa saber si éste es el comienzo de otra campaña de dinamitaje —preguntó de inmediato con una voz aterciopelada, profunda—. No entre en detalles. No tengo tiempo para eso.
Frente a esta Presencia grande y rústica, la figura del subcomisario tenÃa la delgadez frágil de una caña que se dirige a un roble. Y la genealogÃa ininterrumpida de ese hombre sin duda sobrepasaba en número de siglos la edad del más viejo de los robles del paÃs.
—No. En la medida en que uno puede tener la certeza de algo, puedo asegurarle que no lo es.
—SÃ. Pero su concepto de la seguridad, en esta materia —dijo el gran personaje, con un gesto desdeñoso de la mano en dirección a la ventana que daba sobre la amplia avenida—, parece consistir principalmente en hacer que el secretario de Estado quede como un idiota. Hace menos de un mes, en esta misma sala, se me ha asegurado que nada de esto era siquiera posible.
El subcomisario miró calmadamente en dirección a la ventana.
—Usted me permitirá observar, sir Ethelred, que hasta ahora no he tenido oportunidad de darle seguridades de ninguna especie.
La desdeñosa languidez de los ojos estaba enfocada ahora en el subcomisario.