El Agente secreto
El Agente secreto Los visitantes de la tarde —los hombres de cuellos subidos y sombreros de fieltro rebajados a la fuerza— dirigían una inclinación de cabeza a la señora Verloc, y después de murmurar un saludo, levantaban la tabla al final del mostrador a fin de pasar a la sala de recibo trasera, que daba acceso a un pasillo y a unas empinadas escaleras. La puerta de la tienda era la única forma de entrar a la casa donde el señor Verloc practicaba su negocio de vendedor de mercancías dudosas, ejercía su vocación de protector de la sociedad, y cultivaba sus virtudes domésticas. Estas últimas eran destacadas. Era un hombre cabalmente domesticado. Ni sus necesidades espirituales, ni sus necesidades mentales o físicas, podían arrastrarlo mucho a explorar otros mundos. En el hogar encontraba la comodidad del cuerpo y la paz de la conciencia, junto con las atenciones conyugales de la señora Verloc y con el deferente interés de la madre de la señora Verloc.