El Agente secreto
El Agente secreto La chaqueta corta y el sombrero bajo y redondo que se caló en una especie de alcoba protegida por cortinas y provista de un lavatorio, un perchero de madera y un estante, hicieron resaltar maravillosamente la longitud de su rostro cetrino, grave. Regresó a la luz de la habitación, con el aspecto de un don Quijote frío, reflexivo, que tenía los ojos hundidos de un entusiasta oscuro y una actitud muy determinada. Abandonó rápidamente el escenario de su labor cotidiana como una sombra discreta. Su descenso a la calle fue como el descenso a un acuario pantanoso que hubieran dejado sin agua. Lo envolvió una humedad lóbrega, sombría. Los muros de las casas exudaban humedad, el barro de la calzada brillaba con un efecto fosforescente, y cuando emergió al Strand desde una calle estrecha vecina de la estación de Charing Cross, fue asimilado por el genio del lugar. Podría haber sido uno más de los extraños peces extranjeros que pueden ser vistos ahí algunas tardes, revoloteando alrededor de los rincones oscuros.