El Agente secreto
El Agente secreto El subcomisario salió por otra puerta de una manera menos elástica. Volvió a cruzar la amplia avenida, caminó a lo largo de una calle estrecha, y regresó de prisa a su propio edificio. Mantuvo estos acelerados pasos hasta llegar a la puerta de su sala privada. Antes de haberla cerrado del todo sus ojos buscaron el escritorio. Por un momento se mantuvo quieto, después avanzó, buscó por el suelo con la mirada, se sentó en su silla, tocó un timbre, y esperó.
—¿Se fue ya el inspector jefe Heat?
—Sí, señor. Se fue hace media hora.
Él asintió.
—Muchas gracias.
Y permaneciendo inmóvil, con el sombrero echado hacia atrás, pensó que era muy propio de la maldita desfachatez de Heat el llevarse tranquilamente el único elemento material de prueba. Pero pensó esto sin animosidad. Los empleados viejos y apreciados suelen tomarse libertades. El pedazo de abrigo con la dirección cosida no era ciertamente un objeto para dejar tirado por ahí. Descartando de su mente esta manifestación de la desconfianza del inspector jefe Heat, escribió y despachó una nota a su mujer en la que le encargaba disculparlo ante la gran dama protectora de Michaelis, con quien estaban comprometidos para cenar esa noche.