El Agente secreto

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Al salir, el subcomisario observó para sí mismo que los clientes del lugar habían perdido, en la frecuentación de la cocina fraudulenta, todas sus características nacionales y privadas. Y esto era extraño, puesto que el restaurante italiano es una institución tan peculiarmente británica. Pero esta gente estaba tan desnacionalizada como los guisos colocados frente a ella con todo el aparato de una respetabilidad no consagrada. Tampoco su personalidad estaba consagrada en ningún sentido, profesional, social, o racial. Parecían creadas para el restaurante italiano, salvo que quizás el restaurante italiano estuviese creado para ellas. Pero esta última hipótesis era inconcebible, ya que uno no podía ubicarlas en ningún lugar fuera de estos establecimientos especiales. Uno nunca se encontraba en ninguna parte con estas personas enigmáticas. Era imposible formarse una idea de qué ocupaciones seguían de día y de dónde se iban a dormir por la noche. Y él mismo se había transformado en un desplazado. Habría sido imposible que nadie adivinara su ocupación. En cuanto a irse a dormir, incluso en su propia mente había una duda. No con respecto a su domicilio, ciertamente, pero sí, desde luego, con respecto al momento en que estaría en condiciones de volver a él. Cuando escuchó las puertas de vidrio que se balanceaban detrás de su espalda con una especie de golpe sordo, imperfecto, se sintió poseído por una agradable sensación de independencia. Penetró de inmediato en una inmensidad de fango sucio y de mampostería húmeda alternada con luces, y envuelta, oprimida, atravesada, estrangulada y sofocada por la negrura de una noche mojada de Londres, que está compuesta de hollín y de gotas de agua.


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