El Agente secreto
El Agente secreto Había caído en estas preguntas, pero salvó de inmediato la consistencia de su conducta al renovar la limpieza, mientras la anciana permanecía asustada y muda debajo de una sucia gorra blanca y de una oscura peluca sin brillo.
Winnie terminó con la silla, e hizo correr el plumero a lo largo de la caoba del respaldo del sofá de crin donde solía descansar el señor Verloc de sombrero y abrigo. Ella estaba entregada a su trabajo, pero ahora se permitió formular otra pregunta.
—¿Cómo diablos te las arreglaste, mamá?
Como no afectaba la interioridad de las cosas, que la señora Verloc ignoraba por principio, esta curiosidad era excusable. Sólo se refería a los métodos. La anciana la celebró ansiosamente, puesto que ponía en primera línea algo de lo que se podía hablar con mucha sinceridad.