El Agente secreto

El Agente secreto

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Después de conseguir su objetivo con astuta reserva, la heroica anciana había descargado su corazón a la señora Verloc. Tenía el alma triunfante y el corazón trémulo. En su interior temblaba, porque temía y admiraba el carácter calmado, contenido, de su hija Winnie, en quien los disgustos adquirían una dimensión temible a través de una diversidad de silencios espantosos. Pero no permitía que sus aprensiones internas la despojaran de la ventaja de una placidez venerable que confería a su aspecto exterior su triple barba, la flotante amplitud de su antigua forma, y la impotente condición de sus piernas.

Fue tan inesperado el impacto de la información que la señora Verloc, en contra de su práctica habitual cuando se le dirigía la palabra, interrumpió la ocupación doméstica en la que estaba empeñada. Era la de pasar el plumero a los muebles en la salita situada detrás de la tienda. Movió la cabeza en dirección a su madre.

—¿Por qué se te ocurrió hacer eso? —exclamó, con escandalizado asombro.

El golpe debe de haber sido fuerte para hacerla abandonar esa aceptación distante y pasiva de los hechos que constituía su fuerza y su salvaguardia en la vida.

—¿No te habían hecho estar cómoda aquí?


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