El Agente secreto

El Agente secreto

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Derramando unas pocas lágrimas en señal de regocijo ante la mansedumbre de su hija frente a este asunto terrible, la madre de la señora Verloc dio rienda suelta a su astucia en lo que se refería a su amueblado, puesto que era de propiedad suya; y a veces deseaba que no lo hubiera sido. El heroísmo está muy bien, pero hay circunstancias en que disponer de unas pocas mesas y sillas, catres de bronce, y todo eso, puede estar preñado de consecuencias remotas y desastrosas. Ella necesitaba de algunos objetos, en vista sobre todo de que la Fundación que la había acogido, después de mucha insistencia, en su seno generoso, no daba más que tablas desnudas y ladrillos con un empapelado ordinario a los beneficiarios de su solicitud. La delicadeza que la hizo orientar su elección a las piezas menos valiosas y más gastadas pasó inadvertida, porque la filosofía de Winnie consistía en no tomar en cuenta el interior de los hechos; ella partía de la base de que su madre escogía lo que más le hacía falta. En lo que respecta al señor Verloc, su intensa meditación, como una especie de muralla china, lo aislaba por completo de los fenómenos de este mundo de vanos esfuerzos y apariencias ilusorias.





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