El Agente secreto
El Agente secreto Después de hacer su selección, disponer del resto se convirtió en una cuestión que causaba particular perplejidad. Desde luego, lo dejaba en Brett Street. Pero ella tenía dos hijos. Winnie no tenía problemas debido a su sensata unión con ese excelente marido, el señor Verloc. Stevie era indigente, y algo raro. Su posición debía ser considerada en forma previa a las exigencias de la justicia legal e incluso a la tentación de la parcialidad. La posesión de los muebles no sería de ningún modo una estipulación testamentaria. Tenía que tenerlos, el pobre niño. Pero dárselos sería como poner en juego su posición de completa dependencia. Era una especie de derecho que ella temía debilitar. Aún más, era probable que la susceptibilidad del señor Verloc no tolerara estar comprometido con su cuñado por las sillas en las que se sentaba. A través de una larga experiencia de caballeros huéspedes, la madre de la señora Verloc había adquirido una noción lúgubre pero resignada del aspecto fantástico de la naturaleza humana. ¿Y qué ocurriría si al señor Verloc se le ocurriera de pronto decirle a Stevie que se llevara sus benditos embelecos a otra parte? Por otra parte, una división, por cuidadosa que fuese, podía constituir algún motivo de ofensa para Winnie. No. Stevie debía permanecer indigente y dependiente. Y en el momento de abandonar Brett Street ella había dicho a su hija: «No hay ninguna necesidad de esperar hasta mi muerte, ¿no es así? Todo lo que dejo aquí es tuyo desde ahora, querida».