El Agente secreto
El Agente secreto Stevie no estaba herido. Ni siquiera se habÃa caÃdo, pero la excitación, como de costumbre, le habÃa quitado toda capacidad de discurso coherente. Sólo atinaba a tartamudear junto a la ventanilla:
—Demasiado duro. Demasiado duro.
Winnie le puso la mano en el hombro.
—¡Stevie! Súbete al pescante inmediatamente, y no trates de bajarte de nuevo.
—No. No. Caminar. Tengo que caminar.
Al tratar de explicar el carácter de esa necesidad, tartamudeó hasta llegar a la absoluta incoherencia. No habÃa ninguna imposibilidad fÃsica que se opusiera a su capricho. Stevie habrÃa podido mantenerse fácilmente al tranco del caballo enfermo, danzarÃn, sin perder el aliento. Pero su hermana le negó su consentimiento en forma decidida.
—¡Qué idea! ¡Cuándo se habÃa visto eso! ¡Correr detrás de un coche!
Su madre, aterrorizada e impotente en las profundidades del vehÃculo, la conminaba:
—Oh, no lo dejes, Winnie. Se perderá. No lo dejes.
—Sin duda que no. ¡Cómo se te ocurre! El señor Verloc lo sentirá mucho cuando sepa de este disparate, Stevie… te lo aseguro. No estará nada contento.