El Agente secreto

El Agente secreto

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El conductor, manteniendo en alto las riendas enrolladas alrededor del garfio, no prestó atención. Quizá no había escuchado. El pecho de Stevie se levantó.

—No azote.

El hombre volvió lentamente su cara hinchada y húmeda, de muchos colores salpicados de pelillos blancos. Sus ojillos rojos resplandecían de humedad. Sus grandes labios tenían un tinte violeta. Permanecieron cerrados. Con el dorso sucio de la mano del látigo se restregó los pelos que brotaban en su barbilla enorme.

—No debe hacerlo —tartamudeó Stevie, con violencia—, que duele.

—No debo azotar —inquirió el otro en un susurro pensativo, y de inmediato dio un azote. No hizo esto porque su alma fuese cruel y su corazón malvado, sino porque tenía que ganarse su tarifa. Y durante un tiempo los muros de St. Stephen, con sus torres y sus pináculos, contemplaron inmóviles y en silencio un coche que tintineaba. Y que además, pese a todo, avanzaba. Pero en el puente hubo una conmoción. Stevie procedió de pronto a bajar del pescante. Hubo gritos en el pavimento, gente que corrió hacia adelante, el conductor tiró de las riendas, susurrando maldiciones llenas de indignación y asombro. Winnie bajó la ventanilla, y asomó la cabeza, blanca como un fantasma. En las profundidades del coche, su madre exclamaba, en tonos de angustia—: ¿Está herido ese niño? ¿Está herido ese niño?


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