El Agente secreto
El Agente secreto El testimonio del policía zanjó la cuestión. La modesta asamblea de siete personas, casi todas menores de edad, se dispersó. Winnie siguió a su madre hasta adentro del coche. Stevie se encaramó al pescante. Su boca abierta y ojos angustiados reflejaban el estado de su mente con respecto a los intercambios que tenían lugar. En las calles estrechas, el progreso de la jornada se hacía sensible a los que estaban adentro por el deslizarse lento y tembloroso de las fachadas cercanas de las casas, con un gran estrépito y tintinear de cristales, como si estuvieran a punto de desplomarse detrás del coche; y el caballo enfermo, con el arnés colgado sobre el agudo espinazo y golpeando muy suelto sobre los corvejones, parecía danzar delicadamente sobre sus patas, con infinita paciencia. Más adelante, en el espacio más amplio de Whitehall, toda evidencia visual de movimiento se hizo imperceptible. El estrépito y el tintineo de cristales continuó en forma indefinida frente al largo edificio del Tesoro, y el tiempo mismo pareció detenerse.
Al final Winnie observó:
—Éste no es un caballo muy bueno.
Sus ojos brillaron fijos en la penumbra del coche, inmóviles. En el pescante, Stevie cerró primero la boca, a fin de espetar concienzudamente:
—No lo haga.