El Agente secreto

El Agente secreto

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El vehículo que las aguardaba habría servido para ilustrar el proverbio de que «la verdad puede ser más cruel que la caricatura», si dicho proverbio existiese. Arrastrándose detrás de un caballo enfermo, un coche metropolitano de alquiler avanzó sobre ruedas descentradas y con un cochero inválido en el pescante. Esta última particularidad causó alguna molestia. Al divisar un gancho de hierro que sobresalía de la manga izquierda del abrigo del hombre, la madre de la señora Verloc perdió de pronto el coraje heroico de estos días. Verdaderamente no pudo confiarse. «¿Qué piensas, Winnie?». Se quedó atrás. Las apasionadas protestas del cochero de cara ancha parecieron estrujadas de una garganta bloqueada. Inclinándose por encima de su pescante, susurró con misteriosa indignación. ¿Y ahora qué pasaba? ¿Era posible tratar a un hombre en esa forma? Su fisonomía enorme y desaseada resplandecía, roja, en la extensión pantanosa de la calle. Era posible que le hubieran concedido una licencia, preguntaba desesperadamente, si…

El policía de turno lo tranquilizó con una mirada amistosa; después, dirigiéndose sin excesiva consideración a las dos mujeres, dijo:

—Ha conducido un coche durante veinte años. Nunca supe que haya tenido un accidente.

—¡Accidente! —gritó el conductor con un silbido desdeñoso.


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