El Agente secreto

El Agente secreto

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¿Qué pensará la gente? Ella sabía muy bien lo que pensaba, esa gente a la que se refería Winnie: los viejos amigos de su marido, y otros también, cuya atención ella había solicitado con éxito tan halagador. Ella no había sabido antes hasta qué punto podía ser un buen mendigo. Pero suponía muy bien qué clase de deducciones se sacaban de su solicitud. En virtud de esa delicadeza inhibida, que coexiste con la agresiva brutalidad en la naturaleza masculina, las investigaciones acerca de su situación real no habían sido llevadas demasiado lejos. Ella las había mantenido a raya mediante una visible comprensión de los labios y cierto despliegue de una emoción que se proponía estar llena de elocuente silencio. Y los hombres, de acuerdo con los hábitos de su especie, quedaban súbitamente desprovistos de curiosidad. Más de una vez se felicitó a sí misma por no tener nada que ver con mujeres, puesto que ellas, por naturaleza más duras y ávidas de detalles, habrían estado ansiosas de recibir una información exacta acerca de la conducta egoísta de su hija y de su yerno que la había empujado a esas tristes emergencias. Fue sólo en presencia del secretario del gran cervecero, miembro del Parlamento y presidente de la beneficencia, quien, al actuar en representación de su jefe, se sentía obligado a ser escrupulosamente inquisitivo sobre las reales circunstancias de la solicitante, que ella estalló en francas y ruidosas lágrimas, tal como podría llorar una mujer acosada. El cortés y magro caballero, después de contemplarla con un aire de «haber caído de las nubes», retrocedió de su posición escudado en observaciones consoladoras. Ella no debía angustiarse. No había ninguna norma de la beneficencia que estipulara «viudas sin hijos». De hecho, eso estaba muy lejos de descalificarla. Pero la discreción del Comité debía ser una discreción informada. Uno podía comprender perfectamente que ella no deseara ser una carga, etc., etc. Ante lo cual, para profunda decepción del caballero, la madre de la señora Verloc lloró algo más con redoblada vehemencia.


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