El Agente secreto
El Agente secreto Para la madre de Winnie fue imposible descubrir qué más le había contado él a su hija sobre sus ocupaciones. La pareja de casados se la llevó con todos sus muebles. Ella quedó sorprendida por el aspecto tan mezquino de la tienda. El traslado desde la plaza en Belgravia hasta la estrecha calle en Soho afectó a sus piernas en forma adversa. Sus piernas adquirieron un tamaño enorme. En compensación, se vio completamente liberada de cuidados materiales. El sólido buen carácter de su yerno le inspiraba un sentimiento de seguridad absoluta. El futuro de su hija estaba obviamente asegurado, e incluso no tenía ninguna necesidad de sentirse angustiada por su hijo Stevie. No había podido ocultarse a sí misma que el pobre Stevie constituía un estorbo terrible. Pero frente al afecto de Winnie por su delicado hermano, y frente a la cariñosa y generosa actitud del señor Verloc, sentía que el pobre niño no estaba mal protegido en este áspero mundo. Es probable que no le disgustara, en el fondo de su corazón, que los Verloc no tuvieran hijos. Como esa circunstancia parecía dejar perfectamente indiferente al señor Verloc, y como Winnie encontraba en su hermano un objeto de afecto casi maternal, esto quizá resultaba providencial para el pobre Stevie.