El Agente secreto
El Agente secreto Había que terminar con la casa de huéspedes. Parece que no convenía mantenerla. Habría sido demasiado complicado para el señor Verloc. No habría sido conveniente para su otro negocio. Él no decía de qué negocio se trataba; pero después de su compromiso con Winnie, se daba el trabajo de levantarse antes del mediodía, y bajando las escaleras del sótano, se hacía grato a la madre de Winnie en la sala del desayuno, abajo, donde estaba ella con su humanidad inmóvil. Acariciaba al gato, atizaba el fuego, hacía que le sirvieran ahí el almuerzo. Abandonaba la comodidad algo sofocante de ese cuarto con evidente desgana, pero, de todos modos, permanecía fuera hasta bastante avanzada la noche. Nunca ofrecía llevar a Winnie a los teatros, como hubiera sido de esperar en un caballero tan agradable. Sus tardes estaban ocupadas. Una vez le dijo a Winnie que su trabajo en cierto modo era político. Le advirtió que ella tendría que ser muy agradable con sus amigos políticos. Y ella, con su mirada recta, insondable, respondió que sí, que por supuesto.