El Agente secreto
El Agente secreto Se le habÃa pagado decentemente —cuatro monedas de un chelÃn— y las contemplaba con perfecta calma, como si hubieran sido los elementos sorprendentes de un problema melancólico. El lento traspaso de ese tesoro a un bolsillo interior exigió laboriosos tanteos en la profundidad de ropas gastadas. Su forma era encorvada y carente de flexibilidad. Stevie, delgado, con los hombros un poco levantados, y las manos muy hundidas en los bolsillos de su grueso abrigo, permanecÃa en el borde de la vereda, haciendo pucheros.
El cochero hizo una pausa en sus premeditados movimientos, como si hubiera sufrido el impacto de un recuerdo confuso.
—¡Oh! Ahà estás tú, jovencito —susurró—. Lo reconocerÃas de nuevo, ¿no es asÃ?
Stevie estaba mirando el caballo, cuyos cuartos traseros parecÃan indebidamente levantados por efectos de la liberación. La pequeña cola tiesa parecÃa haber sido incrustada para hacer un chiste cruel; y en el otro extremo, el cuello delgado, plano, como una plancha cubierta de vieja crin de caballo, se inclinaba bajo el peso de una enorme cabeza huesuda. Las orejas colgaban en ángulos diferentes, con negligencia; y la figura macabra de ese habitante mudo de la tierra, desde sus costillas y su espinazo, se levantaba recta, como un vapor que penetrara en la tranquila humedad de la atmósfera.