El Agente secreto
El Agente secreto —Duro para los caballos, pero mucho más duro, por los mil demonios, para pobres tipos como yo —susurró de un modo apenas audible.
—¡Pobre! ¡Pobre! —tartamudeó Stevie, hundiendo más las manos en los bolsillos con simpatÃa convulsiva. No podÃa decir nada; porque la ternura frente a cualquier dolor y frente a toda miseria, el deseo de hacer felices al caballo y al cochero, habÃan llegado al extremo de una ansiedad extraña por llevárselos a dormir con él. Y él sabÃa que eso era imposible. Porque Stevie no estaba loco. Era, por asà decirlo, una ansiedad simbólica; y a la vez era muy nÃtida, porque brotaba de la experiencia, la madre de la sabidurÃa. AsÃ, cuando se acurrucaba de niño en un rincón oscuro, asustado, desgraciado, adolorido, mÃsero con la negra, negra miseria del alma, solÃa aparecer la hermana Winnie, y llevarlo a la cama con ella, como a un paraÃso de paz consoladora. Pese a tener tendencia a olvidar los simples hechos, tales como su nombre y dirección, por ejemplo, Stevie tenÃa una memoria fiel de las sensaciones. Ser llevado a un lecho compasivo era el supremo remedio, con la única desventaja de ser difÃcil de aplicar en gran escala. Y mirando al cochero, Stevie percibió esto con claridad, porque era razonable.