El Agente secreto
El Agente secreto El cochero continuó con sus prolijos preparativos como si no hubiera existido Stevie. Hizo ademán de elevarse hasta el pescante, pero en el último momento, por algún motivo oscuro, quizá sólo por hastío con la práctica del coche, desistió. Se aproximó, en cambio, al compañero inmóvil de sus labores, e inclinándose para alcanzar la rienda, levantó la voluminosa y fatigada cabeza hasta la altura de sus hombros con un movimiento de su brazo derecho, como una prueba de fuerza.
—Ven —susurró, secretamente.