El Agente secreto
El Agente secreto Se llevó, cojeando, el coche. Había un aire de austeridad en esta partida. Los guijarros aplastados del camino crujían bajo el lento rodar de las ruedas, y los delgados miembros del caballo se alejaban, con ascética determinación, de la zona de luz a la oscuridad del espacio abierto, confusamente rodeado por los techos puntiagudos y por el brillo tenue de las ventanas de los pequeños asilos. La queja de los guijarros se desplazó con lentitud a lo largo de todo el camino. El lento cortejo reapareció entre las luces de la entrada del asilo, iluminado por un momento: el hombre corto, grueso, que cojeaba afanosamente, manteniendo en alto en su puño la cabeza del caballo mientras el desgarbado animal caminaba con dignidad tiesa y distante y la caja con ruedas, baja y oscura, rodaba detrás en forma cómica, con aspecto de contonearse. Torcieron a la izquierda. Había una taberna al final de la calle, a unas cincuenta yardas de la entrada.