El Agente secreto
El Agente secreto Abandonado junto al farol de la beneficencia, con las manos hundidas en sus bolsillos, Stevie miraba con vacío malhumor. Sus manos débiles, incapaces, se agarrotaban con fuerza en el fondo de sus bolsillos en un par de puños furiosos. Frente a cualquier cosa que afectara en forma directa o indirecta a su miedo morboso del dolor, Stevie terminaba por volverse agresivo. Su pecho frágil se hinchaba hasta estallar con una indignación magnánima, y hacía que sus ojos cándidos se tornaran bizcos. Lleno de suprema sabiduría para conocer su propia impotencia, Stevie no era suficientemente sabio para reprimir sus pasiones. La ternura de su caridad universal tenía dos fases unidas y conectadas en forma tan indisoluble como el anverso y el reverso de una medalla. A la angustia de una compasión desmesurada sucedía el dolor de una rabia inocente pero despiadada. Como la manifestación externa de esos dos estados tenía los mismos signos de pueril agitación del cuerpo, su hermana Winnie calmaba su excitación sin adivinar nunca su doble carácter. La señora Verloc no dilapidaba porción alguna de esta vida transitoria en la búsqueda de información fundamental. Ésta es una forma de economía que tiene todas las apariencias y alguna de las ventajas de la prudencia. Es obvio que no saber demasiado puede ser bueno para uno. Y ese punto de vista concuerda muy bien con los temperamentos indolentes.