El Agente secreto
El Agente secreto —No te pongas nerviosa, Winnie. ¡No debes ponerte nerviosa! No hay problemas con el bus —contestó con un tartamudeo brusco, apresurado, que tenía algo de la timidez de un niño y de la determinación de un hombre. Avanzó sin miedo del brazo de la mujer, pero su labio inferior colgaba. Sin embargo, en el pavimento de la ancha y pobre avenida, cuya pobreza en todos los aspectos quedaba absurdamente en evidencia debido a una loca profusión de lámparas de gas, el parecido de ambos era tan evidente que podía sorprender a los accidentales transeúntes.
Frente a las puertas de la taberna de la esquina, donde la profusión de luces alcanzaba una intensidad perversa, un coche de cuatro ruedas detenido junto a la acera, sin nadie en el pescante, parecía lanzado al arroyo debido a un deterioro irremediable. La señora Verloc reconoció el vehículo. Su aspecto era tan profundamente lamentable, con una miseria grotesca y una tan acabada sordidez en los detalles macabros, como si fuese el mismísimo Coche de la Muerte, que la señora Verloc, con esa pronta compasión de una mujer por un caballo (cuando ella no está sentada detrás), exclamó vagamente:
—¡Pobre bestia!
Stevie se detuvo en forma brusca y dio un tirón a su hermana.
—¡Pobre! ¡Pobre! —exclamó, lleno de comprensión—. Y pobre cochero, también. Él me lo dijo.