El Agente secreto

El Agente secreto

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Se vio dominado por la contemplación de la cabalgadura solitaria y lisiada. Permaneció ahí obstinadamente, a pesar de los empujones, tratando de expresar el nuevo punto de vista que había despertado sus simpatías y que concernía a la estrecha relación entre la miseria humana y la equina. Pero era muy difícil.

—¡Pobre bestia, pobre gente! —Era lo único que él atinaba a repetir. Carecía del vigor suficiente, y concluyó con un resoplido furibundo—: ¡Vergüenza!

Stevie no era un maestro del lenguaje, y a esa razón precisa se debía, quizá, que sus pensamientos carecieran de claridad y precisión. Pero sentía de un modo más completo y con alguna profundidad. Esa pequeña palabra contenía toda su indignación y su horror ante el hecho de que una forma de miseria tuviera que alimentarse de las angustias de la otra; el pobre cochero golpeando al pobre caballo en nombre, por así decirlo, de los pobres niños que tenía en casa. Y Stevie sabía lo que era recibir azotes. Lo sabía por experiencia. Era un mundo malo. ¡Malo! ¡Malo!

La señora Verloc, su única hermana, guardiana, y protectora, no podía aspirar a esas profundidades de conocimiento. Además, ella no había estado sometida a la magia de la elocuencia del cochero. Ella estaba en la sombra con respecto al significado esencial de la palabra «Vergüenza». Y dijo plácidamente:


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