El Agente secreto
El Agente secreto Ella evitó usar el verbo «robar», porque siempre hacía sentirse incómodo a su hermano. Porque Stevie era delicadamente honesto. Se le habían inculcado algunos principios sencillos con tanta ansiedad (debido a su «rareza»), que el simple nombre de ciertas transgresiones lo llenaba de horror. Siempre se había dejado impresionar fácilmente por los discursos. Ahora estaba impresionado y asombrado, y su inteligencia estaba muy alerta.
—¿Qué? —preguntó de inmediato, ansiosamente—. ¿Ni siquiera si tienen hambre? ¿No deben?
Los dos se habían detenido en su camino.
—Ni siquiera si alguna vez tuvieran hambre —dijo la señora Verloc, con la ecuanimidad de una persona indiferente al problema de la distribución de la riqueza, y explorando la perspectiva de la calle en busca de un ómnibus del color adecuado—. Sin duda que no. ¿Pero para qué hablar de todo eso? Tú nunca has tenido hambre.