El Agente secreto
El Agente secreto Stevie lanzó miradas de compasión reverencial a su cuñado. El señor Verloc estaba apenado. El hermano de Winnie sentía que nunca había comulgado tan de cerca con el misterio de la bondad de ese hombre. Era una pena comprensible. Y el propio Stevie estaba apenado. Estaba muy apenado. La misma clase de pena. Y como su atención quedó fijada en este estado desagradable, Stevie movió sus pies. Sus sentimientos se manifestaban habitualmente por la agitación de sus miembros.
—Deja los pies tranquilos, querido —dijo la señora Verloc, con autoridad y ternura; después, dirigiéndose a su marido con una voz indiferente, obra maestra de tacto instintivo—: ¿Vas a salir esta noche? —preguntó.