El Agente secreto
El Agente secreto Una hora más tarde, el señor Verloc levantó los ojos de un periódico que leía, o que por lo menos miraba, detrás del mostrador, y en el bullicio decreciente de la campanilla de la puerta observó a Winnie, su esposa, entrar y cruzar la tienda en su camino al piso alto, seguida por Stevie, su cuñado. La vista de su mujer era agradable para el señor Verloc. Así era su idiosincrasia. La figura de su cuñado permaneció imperceptible para él a causa de esa cavilación morosa que últimamente se había interpuesto como un velo entre el señor Verloc y las apariencias del mundo de los sentidos. Siguió a su mujer con una mirada fija, sin decir palabra, como si ella hubiera sido un fantasma. En el hogar su voz era ronca y plácida, pero ahora no se la escuchó en absoluto. No se la escuchó en la cena, a la que su mujer lo llamó con su modo habitualmente lacónico: «Adolfo». Se sentó a consumirla sin convicción, usando su sombrero muy echado para atrás en la cabeza. No era la afición a la vida de puerta afuera, sino la frecuentación de cafés extranjeros, la responsable de ese hábito, que confería un carácter de poco ceremoniosa transitoriedad a la sólida fidelidad del señor Verloc a su hogar. Dos veces, al escuchar la llamada de la campanilla trizada, el señor Verloc se levantó en silencio, desapareció en el interior de la tienda, y regresó sin decir palabra. La señora Verloc adquirió, durante estas ausencias, una conciencia aguda del sitio vacío a su mano derecha, echó mucho de menos a su madre, y puso una mirada pétrea; en tanto que Stevie, por la misma razón, movía los pies todo el tiempo, como si el suelo debajo de la mesa estuviera desagradablemente caliente. Cuando el señor Verloc regresó a sentarse en su sitio, como la personificación del silencio, el carácter de la mirada de la señora Verloc sufrió un cambio sutil, y Stevie dejó de juguetear con sus pies, a causa de su grande y temerosa consideración por el marido de su hermana. Le dirigió miradas de compasión respetuosa. El señor Verloc estaba apenado. Su hermana Winnie le había hecho saber (en el ómnibus) que encontrarían al señor Verloc en casa en un estado de pesadumbre, y que no debía ser molestado. La cólera de su padre, la irritabilidad de los caballeros pensionistas, y la tendencia del señor Verloc a la inmoderada tristeza, habían sido las principales pruebas para el autocontrol de Stevie. De todos estos sentimientos, provocados todos con facilidad, pero no siempre fáciles de comprender, el último tenía la mayor eficiencia moral, porque el señor Verloc era bueno. Su madre y su hermana habían establecido esa verdad ética sobre fundamentos inconmovibles. La habían establecido, erigido, consagrado a espaldas del señor Verloc, por razones que no tenían nada que ver con la moralidad abstracta. Y el señor Verloc no tenía conciencia de ello. No hacemos más que rendirle justicia al afirmar que no tenía la menor idea de que, a los ojos de Stevie parecía bueno. Así era, sin embargo. Era el único hombre calificado en esa forma entre los que conocía Stevie, ya que los caballeros pensionistas habían sido demasiado pasajeros y demasiado remotos como para tener algún rasgo muy distintivo, con excepción quizá de sus botas; y en lo que se refiere a las medidas disciplinarias de su padre, la desolación de su madre y hermana les impedía levantar una teoría de la bondad frente a la víctima. Habría sido demasiado cruel. E incluso era posible que Stevie no les hubiera creído. En lo que afectaba al señor Verloc, ningún obstáculo podía interponerse frente a la creencia de Stevie. El señor Verloc era obvia y sin embargo misteriosamente bueno. Y la pena de un hombre bueno es augusta.