El Agente secreto

El Agente secreto

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Ella tenía un alma equilibrada. Sentía profundamente que las cosas no soportaban que se las observara muy de cerca. De ese instinto hacía ella su fuerza y su sabiduría. Pero el silencio taciturno del señor Verloc había pesado con mucha fuerza sobre ella durante un buen número de días. En realidad, le estaba afectando los nervios. Reclinada e inmóvil, dijo con placidez:

—Vas a pescar un resfriado si sigues caminando así, en calcetines.

Estas palabras, adecuadas a la solicitud de la esposa y a la prudencia de la mujer, tomaron al señor Verloc por sorpresa.

Había dejado sus botas en la planta baja, pero se había olvidado de ponerse las zapatillas, y había estado dando vueltas por la habitación con silenciosos pasos como un oso en una jaula. Ante el sonido de la voz de su mujer, se detuvo y la miró con una mirada sonámbula, inexpresiva, por tan largo rato que la señora Verloc movió sus muslos ligeramente bajo la ropa de cama. Pero no movió su cabeza negra hundida en la almohada blanca, con una mano debajo de su mejilla y los ojos grandes, oscuros, que no pestañeaban.


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