El Agente secreto

El Agente secreto

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Bajo la mirada inexpresiva de su marido, y recordando el dormitorio vacío de su madre al otro lado del rellano de la escalera, sintió un dolor agudo de soledad. Antes nunca había estado separada de su madre. Ellas habían vivido una junto a la otra. Así lo sentía ella, y ahora se dijo que su madre había partido —partido definitivamente. La señora Verloc no tenía ilusiones. Stevie se quedaba, sin embargo. Y ella dijo:

—Mamá hizo lo que le dio la gana de hacer. Eso no tiene, que yo sepa, ningún sentido. Estoy segura de que no pudo pensar que estabas cansado de ella. Es perfectamente malvado, abandonarnos en esta forma.

El señor Verloc no era una persona muy leída; su registro de frases alusivas era limitado, pero las circunstancias estaban particularmente cargadas de un sentido que lo hacía pensar en las ratas que abandonan un barco predestinado. Estuvo muy cerca de decir eso. Se había vuelto desconfiado y amargo. ¿Podía ser que la vieja mujer tuviese tan excelente olfato? Pero la irracionalidad de esa sospecha era evidente, y el señor Verloc refrenó su lengua. No del todo, sin embargo. Murmuró, pesadamente:

—Quizá sea mejor así.


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