El Agente secreto
El Agente secreto Comenzó a desvestirse. La señora Verloc se mantuvo muy tranquila, perfectamente tranquila, con los ojos fijos en una contemplación quieta, soñadora. Y su corazón, durante una fracción de segundo, también pareció detenerse. Esa noche ella «no era ella misma», como suele decirse, y comprendió con cierta fuerza que una frase sencilla puede contener diversos significados, en su mayoría desagradables. ¿Cómo era que quizá fuese mejor así? ¿Y por qué? Pero ella no se permitió a sí misma incurrir en el ocio de la especulación vacía. Más bien sintió que se confirmaba su creencia de que las cosas no admiten una observación muy atenta. Como a su modo era sutil y práctica, llevó a Stevie al primer plano sin pérdida de tiempo, porque en ella la singularidad del propósito tenía el carácter inequívoco y la fuerza del instinto.
—No sé qué haré para levantarle el ánimo a ese niño en los primeros días. Estará inquieto desde la mañana hasta la noche antes de que se acostumbre a la ausencia de su madre. Y es tan buen niño. No sé qué me haría sin él.